Monologo con el miedo

Cuando me propusieron dar la formación de coaching a voluntarios corporativos no tuve ninguna duda, el proyecto de insertar a jóvenes en riesgo de exclusión bien lo merecía.  Iba a ser la primera vez que me expusiera  delante de tanta gente pero en ese momento y con dos meses por delante no lo pensé.

A tan sólo dos semanas de la formación empecé a trabajar en ello y aparecieron las primeras inseguridades, a continuación…el miedo.

-No vas a ser capaz de retener toda la información, no tienes memoria

-¿Qué no? Dedicaré el tiempo necesario y me aprenderé hasta la última coma

-¿Y si te quedas en blanco?

-¡Ufffff! Espero que no, sería horroroso, si eso ocurriera creo que abandonaría la sala, o peor aún, me pondría a llorar

–  ¿Te has preguntado qué pasaría  si comienzas a tartamudear y te pones a sudar como un pollo?

– ¡Arghhhhh! No, no me lo he preguntado, ni lo pienso hacer. ¿ Que tal si me dejas en paz?

Centrándome en lo que era conveniente hacer empecé a desarrollar cada una de las diapositivas, recopilé toda la información que tenía a mi alcance hasta estructurarme toda la presentación. Cada día memorizaba un apartado y lo iba repitiendo en voz alta donde me pillara, principalmente mientras cocinaba, en la ducha o durante mis desplazamientos en coche. A veces sentía que otros conductores me miraban con cara de asombro pero no creo que nadie me tomara por loca, ya me encargaba yo de dar la sensación de que hablaba por el móvil.  De repente…

-¿Estás segura de lo que vas a hacer? ¿Te compensa pasar por este trago?

-Pues claro, si no me lanzo no lo haré nunca

– Sabes que te pondrás nerviosa

-Probablemente, pero respiraré lento y profundo

-¿Qué harás cuando te hagan  preguntas comprometidas?

-Pues que voy a hacer, contestar a lo que sepa y a lo que no también, con humildad. No te preocupes tanto por mí, saldré airosa.

-¿Te imaginas que hay algún profesional en la sala que tiene más conocimientos que tú y te rebate lo que dices?

-¡Me estás agotando! ¿Por qué no te vas a cuidar de otro y me dejas un poquito tranquila? Será lo que tenga que ser y punto, y si no sale bien ya saldrá mejor.

La verdad es que me alteré un poquito, el miedo tenía razón, ¿y si…? Cuando pensaba en todo lo que podía suceder se me formaba un pequeño nudo en el estomago. Tome conciencia de que mis pensamientos no me estaban permitiendo estar presente. Cambié de actividad, me fui a dar un paseo para despejarme.

Tan sólo quedaban dos días. Como realmente la memoria me fallaba me hice pequeños resúmenes con palabras clave. Le hice la presentación a mi pareja,  me indicó las cosas a mejorar y aplaudió mis capacidades. A partir de ahí decidí no darle más vueltas aunque,  sin poder evitarlo…

-¡Lo ves! Te has olvidado de muchas cosas, si ya te lo decía yo, no tienes memoria.

-¡Ya lo sé! Pero no me fustigues más.

-Tan solo te prevengo, igual todavía no lo tienes lo suficientemente preparado. El que avisa no es traidor.

Volví a darle otro repaso de última hora y aporté más información que enriquecería la formación. Pasadas un par de horas lo guarde todo en una carpeta y comencé a disfrutar del fin de semana.

El domingo por la noche me costó conciliar el sueño y, a las 5.30, sonó el despertador.

¡Pipipipi! ¡pipipipi! ¡pipipipi!. ¡Click!

-Estás muy cansada, ¿quién te manda meterte en estos líos? Con lo bien que te sentaría quedarte en la cama.

-A lo hecho pecho, ya dormiré esta noche.

Rápidamente me vestí, disimulé todo lo que pude mis ojeras, pinté mi mejor sonrisa, acicalé mis cabellos y con ilusión partí hacía la estación de trenes.

-Repasa los apuntes, así estarás más segura de no olvidar nada

– No lo pienso hacer, ya está bien, será lo que tenga que ser

A partir de ahí me dediqué a vivir el instante presente que me ocupaba. Disfruté del trayecto, escuché música, desayuné tranquilamente…Cuando entré al coworking lo primero que hice fue indicarle al miedo que se sentara en la última fila y… llegó el momento.

No sé cuantas horas fueron, a mi me parecieron minutos, señal de puro disfrute.  Tal como yo me creí, y para mi grata sorpresa, no olvidé ni una sola coma. Compartí mis conocimientos y aprendí del grupo y de mis compañeros. Fue una experiencia muy enriquecedora.

Busqué al miedo por la sala, quería compartir con él mi alegría, miré por los rincones, tras las sillas, incluso debajo de la mesa, fui hasta los aseos por si se había sentido indispuesto, ni rastro.

En el tren, ya de vuelta, sentí tristeza por no haberme podido despedir de él, reflexioné:

“Él había cumplido su misión, protegerme y advertirme de los posibles contratiempos. Yo cumplí la mía, atreverme y caminar hacia la conquista de mis sueños”

 

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