La intensidad del presente

Vivían en el edificio de enfrente. Advertí su presencia una mañana de marzo, aún no había amanecido cuando un intenso ruido me despertó, me asomé por la ventana y allí estaban.

Recordé que el año anterior por las mismas fechas se habían instalado en el mismo lugar.

A partir de ese momento se hizo habitual que cada mañana, antes de salir el sol, montaran su peculiar fiesta despertando así a una gran parte del vecindario.

Fueron tan sólo dos semanas después cuando comenzó el confinamiento.

El alboroto mañanero en medio de tanta calma se hizo habitual.  Al principio lo viví igual que cuando después de un tranquilo invierno me toca resignarme ante el bullicio del intenso verano. Pero fue a los pocos días cuando empecé a sentir que despertarme de esa manera me estaba resultando agradable.

El escándalo era cada vez más frecuente. El matutino estaba garantizado, en otras ocasiones también se escuchaba a las ocho de la tarde coincidiendo con los aplausos a los sanitarios.

Una mañana me encontraba apoyada en la barandilla de mi terraza, el silencio lo invadía todo a mí alrededor, era bello, me sentía arropada por un halo de calma y bienestar. Alcé la vista, allí estaban de nuevo, daba la impresión de que me observaban. Cruzamos nuestras miradas, me incorporé y empezaron a chillar.

¿Qué os pasa?, me pregunté.

En eso caí en la cuenta. Salí de casa y subí hasta la parte más alta del edificio, abrí la puerta de la azotea y me asomé con cautela. Mi mirada recorrió todo el espacio que alcanzaba a ver alrededor hasta que, finalmente,… ¡voilá!

Entre dos aparatos de aire acondicionado se encontraba el motivo de tanto griterío. Una de ellas se puso alerta, comenzó a mirar de un lado a otro sin parar, note su excitación.  No quise molestar, cerré la puerta y bajé a casa.

A partir de ese momento hice todo un seguimiento de lo que iba aconteciendo día tras día frente a mi casa.

Yo quería que les fuera bien y que la historia tuviera un final feliz, pero ellas no lo sabían.

Una mañana en la que subí a tender me amenazaron, dejé la colada y salí por patas. Me di cuenta que me veían como una gran enemiga y lo entendí, a fin de cuentas soy humana.

Ya hace más de seis meses que descubrí a una gaviota empollando sus huevos entres dos aparatos de aire acondicionado, mientras papá gaviota controlaba al enemigo desde lo alto de la azotea.

Durante el mes de mayo tres pollos de gaviota comenzaron a recorrer el tejado que cubre el bloque de viviendas situado frente al mío. A finales del mes siguiente levantaron el vuelo y la vida cobró más vida si cabe.

Se habla mucho de la importancia de estar en el presente, ese instante que ya no vuelve y en el que ocurren cosas maravillosas. Para mi observar los movimientos “gaviotiles” era mi particular manera de anclarme a lo que se estaba dando y experimentar las sensaciones que ello me producía.

A veces me encontraba leyendo cuando aparecían montando su característico alboroto, entonces apartaba el libro para poder prestar atención a todo lo que acontecía sin perder detalle. En otras ocasiones cerraba los ojos y me dejaba llevar. Imaginaba que me subían a cuestas, juntas sobrevolábamos los edificios de la zona mientras éramos acariciadas por la brisa del mar. Yo lo percibía como un gran soplo de libertad.

Te invito a que te abras a la posibilidad de tener este tipo de experiencias donde la vida se intensifica cobrando mucho más sentido.  Exprime cada momento como si no hubiera un mañana, saboréalo, extrae el aprendizaje y suéltalo para que otro instante tenga cabida y llenar así tu vida de gratificantes momentos.

 

 

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