La contadora de besos

-Te he dicho en otras ocasiones que no soporto que los pocos ratos que compartimos sean mirando telebasura.

-Y yo te he explicado que para mí es una evasión; pero claro, te da exactamente igual, ni tan siguiera preguntas el porqué.

-¿Para qué? Parece que no te distrae hablar conmigo.

-Pués ahora que lo dices, la verdad es que hay momentos en los que tu conversación me aburre soberanamente. ¿Y sabes qué…? Hoy no te aguanto.

A Carlos los ojos se le pusieron como platos al tiempo que su boca se entreabría.

Lidiana cogió su bolso, pegó un portazo y salió a la calle, respiró profundamente y comenzó a andar. Sus intensos pasos la llevaron hasta el paseo de la playa. Se sentó en el único banco que vio libre.

Al momento, una señora se acercó, la miró y le sonrió al tiempo que se acomodaba ocupando el resto del espacio disponible.

-Cielo, ¿te molesto aquí?

-¡Claro que no! –contestó Lidiana a la vez que metía la mano en el bolso.

Sacó su móvil y entró en la aplicación de whatsapp, no tenía mensajes nuevos, pero empezó a mirar los chats guardados mientras observaba los movimientos de la señora por el rabillo del ojo.  

-Hace una tarde fantástica. ¿Eres de aquÍ?

Cerró la aplicación, bloqueó la pantalla y volvió a guardar el teléfono.

-Sí, ¿y usted?

-Soy del norte, de Pamplona, pero tengo un apartamento aquí. Paso el invierno y, cuando aprieta el calor, me voy a mi tierra.

-Entonces no creo que tarde mucho en irse; según la previsión del tiempo, se esperan temperaturas altas para los próximos días.

-Yo no veo las noticias, me entero del calor cuando lo siento. En mi día a día me centro en las cosas que son importantes para mí: mi hija, mis nietos, mi gato… No me preocupo de lo que supuestamente está por llegar. Además, este año no me voy a marchar hasta que no llegue a cien, y al paso que va esto me veo todo el verano aquí.

-Perdón, no la he entendido. ¿A qué se refiere con cien?

-¡Ay, cielo, disculpa! Te explico… ¿Cuál es tu nombre? El mío es Marta.

-Mi nombre es Lidiana.

-Qué nombre tan bello, seguro que eres fruto de una bonita historia de amor. ¿Tus padres se besan con frecuencia?

Lidiana elevó la mirada, llevó su mano derecha hasta la boca, se mordió la uña del dedo índice durante unos segundos y suspiró.

-Mucho, supongo que por eso yo también soy besucona, bueno, más de abrazos. Mi pareja me  dice que a veces soy muy empalagosa.

-Sabes… yo cuento besos. Todos los años, cuando el buen tiempo acompaña, me bajo al paseo, me siento en uno de los bancos y me dedico a contar el número de besos y arrumacos que la gente se concede. Por desgracia este año vamos peor que el pasado por estas fechas.

-¿Y para qué hace eso?

-Al principio lo hacía como terapia; A mí no me enseñaron a demostrar cariño, estaba harta de oír en casa lo fría que era y me inventé la manera de poder cambiar ese comportamiento. Sobre todo lo hice por mi hija; ella es todo lo contrario, necesita muestras físicas de afecto. Pensé que observando a otros podría llegar a contagiarme y desarrollar esa conducta con los míos.

-¿Y lo ha conseguido? –En ese momento sonó el móvil; en la pantalla, la foto de Carlos; rápidamente lo silenció.

-Costó, pero… A base de fijarme en los demás me di cuenta de que las reacciones son hermosas: sonrisas, gestos de satisfacción, bellas palabras, agradecimiento, susurros, abrazos, besos, más besos… Y decidí que yo también deseaba regalar todo eso, que nunca es tarde y que no me quería arrepentir por no haberlo intentado. Poco a poco se fue convirtiendo en una necesidad diaria hasta el punto de que, si mi hija olvidaba achucharme, era yo la que le decía: ¿y mi dosis? Y así fue como convertí en hábito esa observación. Sin darme cuenta, empecé a contar; el número que resultaba me servía de termómetro para saber la cantidad de amor que se estaba repartiendo ese día.

-¡Interesante! ¿Ha llegado a alguna conclusión?

-Por supuesto, hija; El día que cuento menos es porque un alto número de personas están sumergidas en sus preocupaciones; No falla. Y a la inversa: cuantas más demostraciones de amor, señal de que las personas están viviendo su presente ocupadas en lo que de verdad importa.

– ¿En serio?

El teléfono volvió a sonar.

Lidiana inspiró y soltó el aire por su boca, se disculpó ante Marta, se apartó unos metros y contestó: Carlos le pedía que regresara. Volvió  al banco, la señora le sonrió…

-¿Todo bien?

-Sí, gracias. Estoy muy a gusto hablando con usted, pero me tengo que marchar. ¿Estará aquí toda la tarde?

-Seguro, todavía me quedan muchos por contar.

-Ha sido un placer conocerla, espero que volvamos a coincidir pronto y que cuando eso ocurra ya haya llegado a los cien. En Pamplona estará mucho más fresquita en estas fechas. Adiós.

– ¿Y mi dosis?

Lidiana le regaló una amplia sonrisa y la abrazó.

Regresó a casa con gesto alegre, serena y segura de que todo iba a ir bien. Abrió la puerta de su apartamento, Carlos la esperaba de pie en el recibidor. Ella bajó la mirada y la volvió a alzar hasta encontrarse con los ojos de su compañero.

-Perdóname. Me he comportado como una cría.

A continuación lo abrazó con todas sus fuerzas y le susurró…

-Te amo. Acompáñame a la playa, tenemos que ayudar a alguien a cumplir su objetivo.

Claves para aumentar nuestros momentos felices: Tomar conciencia de aquellas situaciones que nos quitan energía y poner el foco en lo que de verdad importa, al igual que han hecho los personajes del relato de hoy. ¿Te apuntas?

“La felicidad humana generalmente no se logra con grandes golpes de suerte, que pueden ocurrir pocas veces, sino con pequeñas cosas que ocurren todos los días”. Benjamín Franklin.

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